Todo mal
Esta semana se me ha roto dos veces la pantalla del móvil. Nunca me había pasado, pero han sido dos veces en tres días. Repararla cuesta 485 euros.
Creo que pocas cosas no demasiado importantes molestan tanto como los problemas con la tecnología o rozar el coche en un garaje. Me siento inútil y me amargan el día por completo.
La primera vez que se rompió había quedado con Gabriela y después tenía un evento. Llegué agobiada porque iba tarde y no podía avisarla. Me tuvo que invitar a tomar algo (no tenía cartera porque siempre pago con el móvil) y, después de hacerme desconectar un rato hablando de libros y, sobre todo, de buenos cotilleos, me tuvo que acompañar a mi evento porque me parecía imposible llegar sin Google Maps. Me volví a sentir inútil.
En el evento había buen vino y pan rico con mantequilla (nada me gusta más), pero ahora mismo no puedo beber ni tomar gluten ni lactosa. Tampoco podía volver a casa sin dinero, así que me tragué mi vergüenza y le pedí a una chica que, por favor, me pidiera un Uber.
Cuando llegué a casa me acordé de que tenía que tomar una nueva medicación y de que solo tenía las instrucciones en el móvil. Otra vez las ganas de llorar. Le pregunté a ChatGPT según lo que recordaba y me dijo que tenía sentido. Recé para que así fuera y me fui a dormir.
Resulta que esas pastillas pueden tener efectos secundarios, “pero es raro”. Yo los tengo, claro: dolor de cabeza, insomnio. También me duelen los ojos. Nunca me habían dolido los ojos. Ahora entiendo la expresión “me duelen hasta las pestañas”. A mí las pestañas no, pero los ojos me duelen mucho. Si los tengo abiertos necesito cerrarlos y, si los tengo cerrados, necesito abrirlos.
Al día siguiente me arreglaron el móvil y me dio la sensación de vuelta a la vida normal. Como si todo se fuera a poner en orden. Pero se me volvió a romper la pantalla a las tres horas. Se me cayó del sofá a la alfombra (mullida), con un protector carísimo y una funda horrible que decía que era de uso militar.
Ese día tenía otra intervención médica. Lo único en lo que pensaba es que ojalá esta vez la anestesia me hiciera mucho efecto y, al despertarme, sintiera alivio y esa sensación como de estar drogado de la que habla la gente, pero que a mí no me pasa. Me desperté como si nada, miré mi móvil roto y volví a estar triste. Me trajeron el desayuno, unos croissants (¿pero esta gente no me ha dicho que no coma gluten? Mira, me da igual, me lo como y paso de todo).
Odié ese maldito iPhone 17 Pro Max que me compré solo por sentirme más profesional y hacer mejores fotos y vídeos, pero que en realidad no necesitaba. Me volví a sentir tontísima. Busqué en Wallapop un móvil más antiguo y fui a por él a las 11 de la noche, a 15 km de mi casa, y a mitad de camino me acordé de que no debería conducir por la anestesia. ¿Pero qué estoy haciendo? Ganas de llorar pero no puedo llorar y conducir.
Llegué a casa aliviada, pensando que ya todo se acababa ahí, y me acordé de la pastilla y de que seguramente otra vez no iba a poder dormir y me iban a doler los ojos.
Bien, ya pasó todo. Es viernes. Se acaba esta semana de mierda. Fui a ver a mi sobrino, que es lo único que me alegra últimamente, y cuando llego a su casa me llega una notificación de Hacienda al mail.
No sé dónde está la cámara oculta, pero ya no tengo ni ganas de llorar.



Después de todo eso ahora tienes que pensar que todo puede ir a mejor, lo más importante es que estes bien de salud y lo demás pues poco a poco. Un abrazo enorme 🤗😘😘😘
Ay, Erea. Espero que al menos esto te haya servido de desahogo. Te abrazamos todas. Parece que a lo malo le da por aparecer siempre todo junto, ¿verdad?. Pero todo pasa. Lo bueno también. Lección para aprovechar los momentos buenos y surfear como podamos los malos. Ánimo.