O aire
En Galicia —al menos en mi zona— cuando alguien está regular, ya sea física o anímicamente, se dice que “ten o aire”. No es exactamente sinónimo, pero viene a ser una forma de decir que tiene mal de ojo. Antiguamente se asociaba más bien con las muertes cercanas (lo que se conoce como "o aire da morte"), y con el tiempo se empezó a relacionar también con envidias, malas energías o incluso gente que te mira raro en la cola del súper.
Es algo de lo que llevo escuchando hablar desde pequeña, pero en lo que yo, siempre escéptica, nunca creí. Hay mujeres —normalmente se llaman María— que se dedican desde siempre a "quitar el aire". Se les pagaba con algún detalle (unos huevos, unas cebollas) o la voluntad. Sé que mi abuela llevó a un tío mío cuando era pequeño porque no hablaba. Ella tampoco creía, pero "por si acaso". Por lo visto, empezó a hablar poco después.
Hace un par de años vi una película muy bonita y también muy triste que se llama El agua. Está ambientada en la zona de Valencia, y por lo visto, lo que allí llaman “el agua” es lo mismo que nosotros llamamos “el aire”. Me pareció que tenía todo el sentido, porque al final esto habla de cómo los fenómenos naturales han influido siempre en la vida y el carácter de la gente que habita esos lugares. En Valencia, muchas desgracias vienen con las lluvias y las riadas (como en la peli); en Galicia, a veces se culpa al viento de los trastornos de algunas personas.
Ya os conté hace unos meses que, en un evento, se me acercó una mujer a decirme que me protegiera. Me contó que ella llevaba un amuleto para protegerse de una persona, y que yo también necesitaba hacer lo mismo. Me lo tomé un poco a risa y no le di mucha importancia, pero con el paso de los meses todo en mi vida empezaba a ser un constante “vaya, qué mala suerte”.
Hablando de todo esto —ya un poco desesperada—, me recomendaron llamar a una “bruja a la que van muchos famosos y que es lo más”. Me dijeron que ni siquiera hacía falta ir, que por teléfono era suficiente. Por supuesto, esto me generó una desconfianza total, pero como estaba sin energía, pensé: “Bueno, más fácil. Total, ¿qué tengo que perder? 100 euros”.
Como iba muy recomendada, la mujer me hizo un hueco en su apretada agenda y me dio cita para cinco días después, en lugar del mes siguiente. Me mandó un audio de seis minutos hablándome de lecciones del alma, proyecciones y facetas perdidas. Básicamente, me vino a decir que estaba jodida, pero que no me preocupara, que ella se encargaba de todo.
Me sentí entre aliviada y ridícula.
Este verano, en la playa, les conté todo esto a mis amigas y, claro, tirando para casa, me dijeron que me habían timado fijo y que lo que tenía que hacer era mirarme el aire. En ese momento pidieron el teléfono de una de las pocas mujeres que aún lo hace por la zona para que les dijera si lo tenía. Por lo visto, esto también se puede mirar (que no quitar) por teléfono. Debe ser que las malas energías no entienden de presencialidad.
María Manuela les dijo que sí, que sí lo tenía, y que además lo tenía fortísimo, y que tenía que ir a quitármelo. Mi padre, que también estaba allí, se debatía entre un “¿pero cómo podéis creer en eso?” y un “si quieres luego te acerco”.
Yo, un pelín agobiada, dije que ya iríamos si eso, que era festivo y tampoco era plan de plantarnos esa noche en casa de nadie. “La magia no descansa”, dijo mi hermana, a la que le estaba divirtiendo todo muchísimo.
Mis amigas aseguraban que ya lo sabían, que se me notaba, pero que ahora ya todo iba a ir bien. Y, por supuesto, comenzaron a hacer todo tipo de conjeturas sobre quién me había puesto el aire. La escena debía de ser curiosa, porque pasó por allí un conocido que se quedó un rato escuchando y solo dijo:
—Vos estades mal, ¿eh?
Hombre, pues un poco sí.
A mí todo esto me parecía bastante surrealista, pero me consolaba con los típicos: “que no sea por no hacerlo” y “bueno, al menos nos llevamos una anécdota”. Así que, después de la playa, nos acercamos a casa de la mujer, que nos dijo que la pillábamos de casualidad, que acababa de volver de misa. Eso me sorprendió un poco: tan pronto va a misa como te lanza un conjuro para quitarte el aire. Aunque, pensándolo bien, tiene bastante más sentido del que parece.
Entramos en su cocina. Sacó la peneira, que es como un tamizador con poderes, y empezó a decir unas frases. Dependiendo de cómo se movía —izquierda, derecha, o si se quedaba quieta— te decía si tenías aire o no. “Mira, ves, lo tienes. Y además es de mujer, que eso es más fuerte. Pero no te preocupes, ahora lo quitamos.”
Después de hacerlo, mi amiga Carol le preguntó si el aire se podía coger a través de Internet. De Instagram, concretamente. La mujer dijo que sí. Carol me miró muy seria y dijo:
—Estás jodida.
A mi amiga, que tiene mucha visión de negocio, se le ocurrió la idea de proponerle una tarifa plana de limpiezas de aire para mí. Que me lo fuera revisando como quien chequea el WiFi y que, cuando viera que lo tenía, ella se acercaría con alguna prenda mía (que por lo visto sirve igual), para quitarlo y pagarle.
Es increíble lo que las amigas llegan a hacer por ti.
Así que nada, ahora tengo meiga y tarifa plana. Si un día me veis especialmente radiante, ya sabéis: no es el retinol, es que me quitaron el aire por WhatsApp.
Besos,
Erea.




Me encanta.
Me identifica en cierto modo, no creo en esas cosas pero... tampoco estamos en la verdad absoluta. Jajajaja